Sobre la meritocracia

Por Martín De Simone* |


Escribir sobre la meritocracia, como sobre casi cualquier estándar para definir la distribución de poder, recursos y prestigio, es difícil. Especialmente porque es complicado despojarnos de los sesgos que nos hacen preferir un sistema a otro porque, en última instancia, es lo conveniente para nuestra propia posición. Mi motivación para escribir sobre el tema proviene de dos fuentes, una colectiva y otra individual.

En el plano colectivo, las recientes discusiones en torno a la importancia de la meritocracia en la Argentina, aunque cruzadas por la polarización que padece el país, dieron un espacio para analizar las potenciales ventajas y desventajas de un sistema meritocrático. El pico de interés por el término “meritocracia” me hace pensar que no fui el único.

El plano colectivo me llevó también a recordar una situación personal. En 2018, brindé una breve entrevista a La Nación contando parte de mi vida. Recuerdo que ese día y los días posteriores recibí decenas de mensajes por las redes sociales en los que múltiples personas me felicitaban por ser un ejemplo de que “con esfuerzo, todo se puede”. Me llamó mucho la atención, porque había querido transmitir exactamente el mensaje contrario.

Mi primer pensamiento durante estos días es que, en la discusión pública, no estaba muy claro qué entendemos por meritocracia. Aquí, lo definimos como un sistema en el que los recursos materiales y simbólicos se distribuyen de acuerdo con el desempeño de los individuos, que puede entenderse como el resultado de combinar habilidad y esfuerzo.

La importancia de la discusión no es menor. La manera en que juzguemos la meritocracia le dará forma a las instituciones que decidirán gran parte de la vida en sociedad. Si creyéramos en la meritocracia como principio rector, deberíamos poner nuestros esfuerzos en crear instituciones que se encarguen de medir el mérito de la manera más precisa posible e invertir recursos en evitar a toda costa la existencia de sesgos y las prácticas corruptas que pueden desviarnos de la selección de los mejores. Si creyéramos que la meritocracia no es suficiente, nuestros esfuerzos en la construcción de instituciones deberían ser bien distintos y apuntar, por ejemplo, a igualar las oportunidades de todos.

Las ventajas de un sistema meritocrático son evidentes. Mejores burócratas en la administración estatal producirán mejores políticas públicas. Mejores maestros harán que los estudiantes aprendan más. Mejores doctores salvarán más vidas. Mejores investigadores lograrán encontrar curas más eficientes para los males que aquejan a las sociedades.

Pero la meritocracia también tiene sus bemoles. El primero es quizá el más incuestionable: la meritocracia, como tal, no existe. No es posible distribuir los recursos teniendo en consideración únicamente el mérito porque, en la realidad, existen desigualdades de base que hacen que los puntos de partida de los individuos sean diferentes. Sistemáticamente, los que mejor se desempeñan en la sociedad, son los que disfrutan ventajas desde sus inicios: familias más educadas, con mayores ingresos y una mejor red de conexiones.

Claro que hay excepciones, pero la existencia de desigualdades sistémicas va más allá de los casos particulares y no parece ser un buen criterio decidir el andamiaje institucional de una sociedad en base a excepciones.

Incluso si imaginamos una sociedad sin ningún tipo de desigualdad de origen, medir con exactitud y sin sesgos la actividad humana es una tarea que siempre dejará algún margen a la discrecionalidad, y más aún con la creciente relevancia de las habilidades blandas que son todavía más difíciles de medir.

Pero la inexistencia de una meritocracia ideal no puede ser motivo para descartarla por completo. Al fin y al cabo, tampoco existen democracias perfectas, y no por ello dejamos de preferirlas. El famoso filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, lanzó un nuevo libro hace pocas semanas en el que identifica otra clara debilidad de los sistemas meritocráticos. En “La tiranía del mérito”, Sandel menciona que el gran problema de la meritocracia es que, por un lado, incentiva a los “ganadores” a sentirse orgullosos de sí mismos, pues son sus méritos los que los han puesto en lo más alto de la pirámide social. Pero por el otro, incita a los perdedores a culparse a sí mismos. Según el pensador, esta dinámica tiende a incrementar las brechas sociales y el resentimiento. A su vez, el autor señala que, en el mediano plazo, la dinámica tiende a ser el principal motor del populismo. Aquellos que se sienten excluidos por un sistema que aumenta las inequidades sociales son los mismos que apoyan a los líderes populistas, que han visto un ascenso exponencial durante los últimos años. Así, la tesis del autor puede sonar contraintuitiva para el público argentino pues, al fin y al cabo, es la meritocracia la que tiende a encender la llama populista, y no su ausencia.

El argumento de Sandel nos remite a otra importante característica de las meritocracias. La sola definición de qué es lo que se premia implica la existencia de un filtro institucional que termina beneficiando a los que tienen la suerte de haber nacido con esos atributos, o de haberse nutrido de un ambiente que les permitió desarrollarlo. Incluso el nivel de esfuerzo no es exógeno, pues requiere tiempo y la certidumbre de que las necesidades básicas de subsistencia sean satisfechas.

Aquí, volver a la tesis del autor es fundamental: los premios más altos no van para aquellos que, en los hechos, realizan tareas esenciales, en gran parte porque en muchas de las tareas esenciales no requieren un alto grado de calificación formal. El caso que menciona es paradigmático: sin los recolectores de residuos, por ejemplo, muchas más vidas se perderían dada la gran cantidad de enfermedades que se esparcirían con facilidad.

El libro del autor no es solo descriptivo. Por el contrario, Sandel propone repensar el modo en el que pensamos el trabajo no calificado, que en muchos casos es el más esencial para el desarrollo de las funciones básicas de la sociedad. El filósofo resalta la necesidad de recalcar la dignidad del trabajo más allá de los niveles de educación y de lograr un sentido de comunidad que va más allá de nuestro rol como consumidores para entender el rol fundamental que cada uno tiene en la construcción de la sociedad.

Las ideas de Sandel de algún modo refrescan lo que ya había sido planteado por Michael Young hace más de sesenta años. De hecho, a Young se le atribuye el origen de la palabra meritocracia y, en contraposición a lo que ocurre actualmente, la misma nació con un sentido irónico y peyorativo. En su libro “El ascenso de la meritocracia”, Young sostenía que la meritocracia promovería un sistema en el cual la dignidad sería solamente un atributo de aquellos en la parte superior de la pirámide social, quienes al fin y al cabo solo tuvieron la suerte de nacer con los talentos que son valorados y, por sobre todo, con los medios para acceder a una educación que les permita explotar esos talentos. Así como Sandel nos llama a repensar el valor de la dignidad, Young nos empujaba a crear una sociedad basada en valores plurales.

La meritocracia tampoco parece funcionar del todo bien en la práctica. Luego de una serie de experimentos, Castilla y Bernard encontraron lo que ellos definen como “la paradoja de la meritocracia”: las organizaciones que tienden a enfatizar valores meritocráticos refuerzan las creencias de que las autoridades directivas pueden ser imparciales, lo que genera las condiciones para que sesgos implícitos y explícitos se manifiesten. De esta manera, por ejemplo, cuando los valores de una compañía resaltan la meritocracia, los gerentes tienden a otorgar a los empleados hombres premios monetarios más altos que para las mujeres con igual desempeño. Una paradoja adicional es que la meritocracia también parece dañar a las elites, dada la preponderancia de sistemas hiper competitivos que reducen la calidad de vida.

Desde mi punto de vista, un problema poco explorado de la meritocracia es qué asigna el mérito a los individuos. Sin embargo, al fin y al cabo, ¿existe algún mérito absolutamente individual? El valor de la comunidad suele ser totalmente relegado para premiar solo a quien en última instancia alcanza un resultado. Y no cualquier resultado: solo aquellos que se consideran hitos dignos de ser recompensados. Pero en la realidad, incluso los investigadores más solitarios construyen sus hallazgos no solo sobre el trabajo de sus pares, sino también sobre las investigaciones del pasado. Citando a Kwame Anthony Appiah: “si Einstein hubiera nacido un siglo más temprano, probablemente ninguna de sus notorias contribuciones en su campo de estudio hubiera ocurrido.”

Los movimientos progresistas del mundo han avanzado en la compresión de esta dinámica para el castigo: existe un creciente entendimiento de que la actividad criminal violenta es en parte moldeada por las condiciones socioeconómicas, lo que ha llevado a la búsqueda de alternativas a la pena. Con el éxito, no ha pasado lo mismo, pues se sigue atribuyendo casi exclusivamente al mérito individual.

Pero entonces, ¿cómo balancear las claras ventajas de un sistema meritocrático para promover el desarrollo y mejorar el desempeño de las instituciones con sus consecuencias en términos de un aumento de las brechas sociales y culturales? Recordemos por un segundo la "posición original", el ejercicio mental planteado por John Rawls en su teoría de la justicia. Imaginemos que, antes de nacer, nos encontramos bajo un velo de ignorancia. Este velo no nos permite saber en qué seremos buenos, cuáles serán nuestros atributos, talentos, fortalezas y debilidades. Tampoco sabemos cuál será nuestra posición social o nuestra situación con respecto a otras personas.

Recurrir a la idea del velo de ignorancia puede ser un buen punto de partida para evaluar las propiedades de un sistema meritocrático. Si estuviéramos bajo el velo de ignorancia y tuviéramos que elegir un sistema de distribución de bienes económicos, políticos y simbólicos bajo el cual nos gustaría vivir, ¿elegiríamos la meritocracia? ¿Eligiríamos un sistema que premiará los resultados independientemente de las condiciones de origen? O, por el contrario, ¿nos inclinaríamos por un sistema que combine al mérito con otros valores tales como, por ejemplo, la igualdad?

En mi caso, me inclinaría por una sociedad en la que, si bien muchas posiciones se asignarían en base al mérito, se lo haría por el bien común y no solo por el beneficio individual. Una sociedad que entienda que, aunque el mérito se manifieste al nivel individual, suele ser el producto de un esfuerzo colectivo. En tal sociedad, los bienes rectores serían la humildad, la solidaridad, la empatía y, principalmente, la dignidad. Puede sonar como una utopía, es cierto, pero el progreso no es más ni menos que la constante e incansable consecución de lo que alguna vez se consideró una utopía.

(*) Martín De Simone (@desimonemartin) es MA en Políticas Públicas por la Universidad Princeton -donde también obtuvo una especialización en desarrollo internacional- y licenciado en Ciencia Política por la Universidad de San Andrés. VER MÁS