#Hashtivismo en redes: ¿Una nueva forma de acción colectiva o un “microclima ”?

Por Silvana Leiva *


Ciberactivismo, hashtivisimo, clicktivismo, slaktivismo…. Son algunas de las formas con que lxs analistas nombran a la movilización política que tiene lugar en internet y, más precisamente, en las redes sociales. Y es que en tiempos como este, en los que los indicadores muestran una desconfianza sostenida de lxs ciudadanxs hacia las instituciones tradicionales de la democracia[1], es lógico pensar que muchxs de nosotrxs encontramos en los hashtags y grupos de Facebook o Whatsapp espacios donde expresarse y colocar demandas. Estas nuevas formas de vincularnos entre nosotrxs y también con el poder han apelado a más de una disciplina, y esta discusión no lleva poco tiempo: hace más de una década que Henry Jenkins definió la “cultura de la convergencia” y que Manuel Castells anunciaba la “sociedad red”.


Internet, los dispositivos y las redes sociales se han convertido en objetos de estudio recurrentes; sin embargo, todavía hay muchas preguntas sin respuesta. Parece que sabemos mucho sobre cómo funcionan las redes pero… ¿en verdad es así? En esta nota, aunque sin respuestas definitivas, pretendo problematizar algo que genera tanto encanto como escepticismo: el activismo en redes sociales.

¿Democracias o #Democracias?


Entre los fenómenos digitales que conocemos, son las redes sociales aquel al que más cualidades políticas se le han atribuido, y esto es en gran parte por sus llamados “beneficios” para la movilización política, la expresión de consignas y su incidencia en la opinión pública. Hay evidencias para pensar que las redes son protagonistas en nuestra vida política: casi todxs lxs líderes tienen cuentas, las campañas electorales se juegan allí, conocemos a los “bots” y los “trolls” y hemos visto regímenes puestos a prueba a partir de movilizaciones en redes, como así también a personalidades públicas protagonizar escándalos tuiteros.


Entonces, ¿las redes han cambiado la vida política? Pues bien, al revisar lo que se ha escrito hasta ahora, observamos que, para muchxs, ciertos rasgos de estas plataformas, como su inmediatez en la propagación de mensajes, sus bajos costos de organización y comunicación, su llegada a públicos masivos, su anonimato y accesibilidad, entre otros, hacen que las redes sociales sean un terreno fértil para la intervención en el espacio público y la promoción de nuevas narrativas. Quienes estudian el uso de las redes también advierten de su poder para agruparnos en torno a ideas: dado nuestro sesgo de confirmación, nos relacionamos con quienes piensan como nosotros (“homofilia”), y como resultado las redes forman interesantes “clústeres ideológicos” que, en muchos casos, promueven la polarización ideológica. Para lxs más optimistas sobre el poder político de las nuevas plataformas, es gracias a estas especificidades que las redes desafían el poder de agenda de los medios tradicionales, promueven como nunca la participación política y han sido el secreto del éxito detrás de movimientos políticos en redes como la “Primavera Árabe”, los “Indignados” en España, el “Occupy Movement”, el #MeToo o el #BlackLivesMatter, entre otros.


Twitter: entre la utopía habermasiana y “apenas un microclima”


Pero no todo es optimismo. También existe evidencia que avala posturas más escépticas: muchxs sostienen que el activismo y la visibilización pública son hechos anteriores a las nuevas tecnologías, por lo que las redes solo ofrecen nuevas “formas” de protestar, pero no cambian la sustancia del activismo, sobre todo en lo que respecta a la ocupación del espacio físico. Otrxs advierten que las redes sociales ofrecen una falsa sensación de democracia, pues la población activa en redes no suele superar más del 20% o 30% de la sociedad y está compuesta por los sectores más educados y altamente politizados. Como consecuencia, allí solo existen “microclimas” de opinión, que de ninguna manera implican un aumento en la participación política real. Por lo tanto, concluyen, las redes sociales son solo una “herramienta más”, con un poder insuficiente para reemplazar las formas tradicionales de acción política.


Y estas críticas no solo se dan en relación con el activismo, sino con el uso de las redes para la política en general. Una de las acusaciones más frecuentes a quienes predican sobre el poder de las redes es su poca representatividad respecto de la opinión pública generalizada. Como adelanté, al observar esta suerte de sesgo de elite entre quienes acceden a la discusión política en redes, y al constatar que nuestro sesgo de confirmación y los famosos algoritmos nos agrupan en clústeres, lxs más escépticxs catalogan a estos espacios como “microclimas”, “burbujas” o “cámaras de eco”. Estos conceptos, importados de las ciencias naturales, son una forma de expresar figurativamente el hecho de que aquello que sucede en redes de ninguna manera puede ser representativo de la opinión pública (como sea que se la imagine) y, como consecuencia, tiene una capacidad de influencia mínima en el espacio público. También se utilizan para designar la preocupación por la exposición selectiva a la información, la cual puede reforzar los espirales del silencio y, de alguna manera, “sesgar” las opiniones predominantes en el espacio público, amplificando algunas voces y callando otras.


Ahora bien, lxs más optimistas de las redes podrían responder a esto último mencionando que la misma participación política, antes y después de las redes, ha seguido siempre esta misma lógica. Ya Robert Putnam, en los años 90, nos hablaba de la importancia del capital social y las redes (offline, por supuesto) en el involucramiento político de lxs ciudadanxs. Queda por ver si, de alguna manera, las redes sociales proponen un cambio sustancial en la forma en la que se participa, se dialoga y se asocia con lxs demás o si las redes solo vienen a constatar lo que siempre “supimos” de la participación política.

Por estas y otras razones, el debate sobre el alcance del activismo en redes sociales no está resuelto aún; hay apocalípticos e integrados, diría Umberto Eco. Y es en gran parte porque las preguntas de fondo son de respuesta compleja: ¿Qué es lo “nuevo” que las redes aportan al activismo?, ¿Qué cambió y qué se mantiene constante en las formas de movilizarse políticamente respecto de décadas atrás? Para ilustrarlo mejor, pensemos en un caso concreto.


#NiUnaMenos y el activismo feminista en redes sociales


Quizás uno de los ejemplos más claros que tenemos en nuestro país sea el exitoso movimiento feminista #NiUnaMenos. Como sabemos, el feminismo siempre ha logrado conquistas gracias a la movilización en calles, a las coaliciones promotoras y las redes de políticas. Sin embargo, en los últimos 5 años hemos visto una “explosión” del tema de género en la esfera pública argentina. Tanto es así que lo que nació como un hashtag hoy es una consigna del feminismo en todo el mundo; y no solo ella, el movimiento #MeToo también trascendió fronteras, y ha sido el motor de juicios y condenas por abuso sexual sin precedentes. Hoy, la mayoría de los movimientos feministas que conocemos tienen sus campañas y consignas plasmadas en las redes sociales, con mujeres de todo el mundo abonando a la conversación. Pero, al menos en Argentina, no solo fueron cambios discursivos: también hemos visto crecer la consideración del género en la agenda gubernamental. Para dar algunos ejemplos, se sancionaron e implementaron normas pioneras como la Ley Micaela, se creó un Ministerio de Mujeres que lleva una agenda de políticas públicas con perspectiva de género, los gabinetes muestran un enorme aumento de mujeres en su composición, y estamos a la espera de una nueva discusión de la ILE en el Poder Legislativo.


Dicho esto, las preguntas de oro aquí son: ¿Podemos atribuirle parte de este éxito al activismo en redes sociales?, ¿Este avance en la agenda de género se habría dado igual de rápido si no hubiera existido la presión del hashtag? Tenemos razones para pensar que, al menos, el enorme riesgo de escrache público y condena social en redes condicionan el comportamiento de nuestras autoridades. Pero aún resta saber si el movimiento feminista realmente experimenta una “nueva” forma de activismo, o si el “hashtag” es responsable, de alguna forma, de la enorme visibilidad que hoy tiene la agenda de género. Por supuesto, estos interrogantes se resuelven con algo más que con un rápido repaso de nuestra coyuntura. Como adelanté, en esta nota no hay respuestas definitivas. Lo que sabemos sobre las redes sociales es disperso, y existen evidencias tanto a favor como en contra de su poder para cambiar la lógica política. Sin embargo, es cierto que las redes sociales traen consigo fenómenos muy específicos y propios de ellas, y hoy vivimos inmersxs en su lógica. Esta nota, más que un hilo deductivo es apenas el inicio de uno inductivo, que aún podemos llenar para poder dar respuestas a la pregunta: ¿hashtivismo o microclima?

*Sivana Leiva es Licenciada en Comunicación (Universidad de San Andrés, Argentina) y Maestranda en Administración y Políticas Públicas (Centro de Investigación y Docencia Económicas, México). VER MÁS


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