HABLEMOS DE INMIGRANTES

Por Esteban Octavio Scuzarello*

A veces ocurre que existen ciertas cuestiones o características que nos acompañan y constituyen, pero de las cuales no somos muy conscientes, o no plenamente. Eso me pasó este año.


Hace no mucho, reparé en de dos detalles sobre la cuestión migratoria y la Argentina que me parecieron llamativos. Por un lado, un día encontré una disposición firmada allá por 1812, cuando aún gobernaba el Primer Triunvirato del Río de la Plata, que ofrecía “su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”. Es cierto, en su momento este dato no me despertó demasiadas sensaciones. Sí me pareció curioso que en un país donde solemos tener malas estadísticas y pocos datos pudiéramos establecer el día preciso en el que nos convertimos en un lugar abierto a la inmigración, ¿en cuántos lugares del mundo puede decirse lo mismo? Apuesto a que no en muchos.


La segunda cuestión que llamó mi atención se encuentra en un párrafo que tuve que aprender de memoria cuando estaba en la primaria: el preámbulo de la Constitución. Lo cierto es que este dato es mucho más conocido y en verdad no tiene que ver con todo el preámbulo, de hecho, solo se relaciona con una frase: “para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Lo que me pareció fantástico de esto no es ni siquiera la frase, sino que en un país como el nuestro, con una convulsionada historia política que tuvo relatos y correlatos en sus disposiciones constitucionales, esta frase nunca se modificó. Desde la Constitución alberdiana a la fecha, pasando por la Constitución peronista y la libertadora, siempre dijimos, al menos en la primerísima página de nuestra ley suprema, que este era un país para todo el mundo.


Cuando noté este detalle tuve una especie de “momento eureka”: desde antes de ser Argentina, ya éramos una entidad política abierta a la inmigración e incluso, o mejor, a pesar de contar en 200 años de historia con todos los tipos teóricos posibles de gobiernos -democracias, gobiernos autoritarios y regímenes semi-competitivos- y en un país que se caracteriza por discutirlo todo, no hemos nunca puesto seriamente ni esta frase, ni esta apertura en debate.


Hoy es 4 de septiembre y desde 1949 se conmemora el Día del Inmigrante. ¿La razón? Tangencialmente, la comenté más arriba: la disposición firmada por el Primer Triunvirato fue el 4 de septiembre de 1812. Todo lo anterior, me parece una buena excusa para hablar sobre algo que me preocupa y que nos preocupa a todas las personas que creemos y sostenemos que migrar es un Derecho Humano.


No me parece menor el hecho de ser un Estado que ha sido tan abierto a las poblaciones inmigrantes. Es cierto, cuantitativamente, hoy la Argentina lo es menos: de acuerdo a los datos censales, en 1914 el país estaba compuesto en un 25% por inmigrantes, mientras que este número se acerca hoy -de acuerdo a estimaciones- al 4.1%. Una inmigración que además se ha modificado fuertemente, mientras que en 1914 el 70% de lxs migrantes eran italianxs y españoles, hoy el 80% de ellxs son sudamericanxs. Pero la constante ha sido la apertura. No es mi intención ser repetitivo, ¿pero en serio no les parece increíble que un país que ha cambiado tanto en tantas cuestiones se haya mantenido constante frente a la inmigración?


De todas formas, lo que me preocupa es el presente, el futuro inmediato y el futuro más distante. Que hayamos sido un país abierto a la inmigración no nos asegura que lo vayamos a ser ad eternum. Sí, es cierto, algunxs podrán decir que hay veces que las políticas públicas pueden ser “pegajosas” y se genera cierta dependencia que hace difícil cambiarlas, pero que sea difícil, de nuevo, no implica que sea imposible. Lo que me preocupa es algo que se está viendo desde hace años en todo el mundo: cuando la democracia empezó a demostrar que no era “el fin de la historia” y cuando miles de personas comenzaron a sentirse defraudados por la misma, comenzaron a surgir líderes y construcciones políticas que alentaban al cambio completo del sistema, a la vuelta a un pasado siempre grandioso y que, de alguna u otra forma, la globalización había impugnado.


Hasta ahí, lectura política. Podemos coincidir o no, pero no me despierta mayores temores. El problema es la forma de combatirla. Así, la globalización se asoció a un flujo inmenso de personas y, específicamente, de inmigrantes que ayudaron a socavar ese pasado, que trajeron sus tradiciones “inferiores”, que vinieron a robar “nuestro” trabajo y que, al mismo tiempo, eran “ociosxs”. Así, se construyó una imagen del inmigrante como un otro siempre peligroso que necesitaba ser repelido. Es curioso, porque si bien vivimos en una era de movilidad humana, las tendencias migratorias no han tenido mayores cambios y se mantienen estables en el 3% de la población desde hace décadas.


Así, los que comenzaron siendo pequeños partidos atomizados y sin poder relativo, empezaron a ganar elecciones, y lo que comenzó siendo un chiste en “El Aprendiz”, terminó construyendo un muro en la frontera entre EE.UU. y México para evitar a los “coyotes” como Presidente de la primera potencia mundial. Y los casos son muchos, solo hace falta mirar un poco el mapa.


En Argentina nos hemos mantenido medianamente inmunes a estos discursos. Aún siguen siendo discursos relativamente minoritarios -sí, incluso contando a Pichetto- y que cada vez que aparecen en la TV despiertan cierto nivel de indignación y repudio. Pero, de nuevo, nada nos asegura que el futuro sea así. En general es muy difícil poder decir cómo va a ser el futuro, eso es más futurología que ciencia social. Podemos estimar tendencias de acuerdo a data empírica, pero no podemos ir mucho más allá. Lo cierto es que esto es incluso más difícil cuando el contexto es de crisis absoluta.


Nadie sabe cómo será exactamente el futuro, pero es muy probable que sea uno donde los recursos no abunden y que las personas decidan buscar un futuro mejor en otro lugar y que, entonces, la -in-migración aumente. En un contexto de creciente inmigración y de escasez de recursos, lo que se cultiva es el suelo para que florezcan los discursos anti inmigratorios, donde las personas extranjeras -o cualquiera “que se parezca a una”- serán problematizadas e identificadas como una amenaza y es ahí cuando 200 años de apertura pueden verse concluidos fácilmente.


Ante muchas cosas, siempre tendemos a sentir que nos encontramos en un momento decisivo, pero genuinamente creo que hoy podemos estar ante uno. No sé qué motivó a las élites políticas de 1812 o de 1853 a reconocer la inmigración como necesaria, quizás no fueron valores cosmopolitas y altruistas, pero sí se que eso tiene un valor humano increíble. Hoy, 4 de septiembre, hablemos de inmigración. No dejemos el espacio para que sea cooptado por los discursos xenófobos. La apropiación debe ser nuestra, de lxs que creemos que migrar es un Derecho Humano, para que hayan 200 años más, qué digo 200, 500 años más de un país “para todos las personas del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.



*Esteban Scuzarello es Licenciado en Estudios Internacionales por la Universidad Torcuato Di Tella. Estudia cuestiones relacionadas a migrantes y refugiadxs. Es Colaborador en el Centro de Estudios Política Internacional (CEPI) de la UBA.