El fin de la grieta: es ahora o nunca

Por Martín De Simone* |


“A thing is not necessarily true because a man dies for it.”

Oscar Wilde


Hace cuatro años, cuando me mudé a Estados Unidos, una de las cosas que más me sorprendió es que casi ninguno de mis nuevos amigos conocía a algún votante de Trump. Y no en sentido figurativo: literalmente no tenían ningún amigo que haya votado a Trump y lo haya confesado abiertamente. Hoy, cada vez que vuelvo a Argentina, me da la impresión de que, a pesar de las enormes diferencias, una dinámica similar comienza a desarrollarse.


¿Cuántas de las personas que te rodean piensan distinto a vos? Argentina, como muchos países en el mundo, está viviendo un proceso de polarización que se evidencia de manera constante en la opinión pública. Esto no solo implica que cada vez hay menos puntos de acuerdo, también hace que la manera en que formamos nuestras opiniones esté cada vez más determinada por quienes nos rodean.


En general, las causas de la polarización pueden ser institucionales, económicas o sociales[1], pero ciertos factores cognitivos también juegan un rol importante. En este artículo, me interesa destacar aquellos aspectos de la polarización que pueden explicarse a través de la manera en que desarrollamos nuestras creencias.

Algún grado de polarización es esencial para una democracia, porque ayuda a distinguir a los partidos y a generar una sólida identificación con ellos. Sin embargo, la polarización extrema puede ser peligrosa. La literatura reciente muestra que la polarización extrema puede reducir la capacidad de las elecciones de actuar como mecanismos de accountability, incrementar el apoyo a candidatos extremistas, dificultar la gobernabilidad, incrementar las actitudes confrontativas y debilitar las normas e instituciones democráticas.


Para vivir en una democracia, tenemos que estar dispuestos a cambiar las ideas de aquellos que piensan distinto a nosotros, en lugar de refugiarnos en la burbuja protectora de aquellos con los que coincidimos. En eso consiste ganar elecciones, en convencer a aquellos que, a priori, no votarían por nosotros. Pero ¿cómo hacerlo en un mundo en el cual es cada vez más difícil interactuar con aquellos que piensan distinto?


Quizá el punto de partida es comprender cómo se forman nuestras creencias. Aunque solemos pensar que nuestra ideología y nuestra manera de analizar el mundo se basan en un modelo claro que define qué es lo correcto, en la gran mayoría de los casos tendemos a alinearnos con aquello que nos permite refugiarnos en nuestro círculo de pertenencia. Nos encanta vernos a nosotros mismos como seres racionales. Sin embargo, lo cierto es que nuestros sesgos se desarrollan desde la infancia y tienen una gran capacidad de persistir.


Para algunos, la solución es clara: más educación. Al educar a las personas, las mismas se vuelven más racionales y su capacidad de tomar decisiones con menos sesgos se incrementa. Es muy fácil pensar que los otros no concuerdan con nosotros solo porque no tienen suficiente información o porque no están educados. Pero la evidencia muestra que no es así. Quizá el experimento más famoso al respecto fue el realizado por Dan Kahan en el 2013, y resumido en un famoso artículo de Ezra Klein en 2014. No puedo evitar mencionar acá algunas de las especificidades del experimento. Por un segundo, permítanme llevarlos al mundo de los productos cosméticos.


En el experimento, los participantes recibieron la siguiente consigna:


Investigadores médicos han desarrollado una nueva crema para tratar las erupciones cutáneas. En un experimento, un grupo de pacientes usó la nueva crema durante dos semanas y un segundo grupo no usó la nueva crema.


Para cada grupo, la cantidad de personas cuya condición de la piel mejoró y la cantidad cuya condición empeoró se registran en la tabla a continuación.


Indique si el experimento muestra que es probable que el uso de la nueva crema mejore o empeore la condición de la piel.

¿Ustedes qué responderían?


La respuesta correcta es que, al menos en principio, la crema parece empeorar la reacción cutánea. Aproximadamente 25% de los que usaron la crema mostraron un desmejoramiento, mientras que un 15% de quienes no la usaron lo hicieron. Los resultados fueron los esperados: la mayoría se equivocó, pero los que no lo hicieron fueron los que también demostraron tener mejores habilidades matemáticas.


Pero la parte más interesante del experimento es la segunda. Los investigadores mostraron exactamente la misma tabla, pero en lugar de tratarse de una reacción cutánea y del uso de cremas, emplearon el ejemplo de algo muchísimo más politizado para el contexto estadounidense: la legalidad de portar armas en público y sus efectos sobre los niveles de criminalidad.


Los resultados fueron muy diferentes a los del ejemplo de las cremas. La ideología comenzó a ser un predictor mucho más certero de las respuestas que las habilidades matemáticas. Los conservadores tendieron a decir que la capacidad de portar armas redujo los delitos, mientras que los liberales tendieron a decir que los aumentó. Ambos estaban viendo exactamente los mismos números.


Las habilidades matemáticas no solo no ayudaron a alcanzar la respuesta correcta, sino que también distanciaron las respuestas aún más. Los participantes con habilidades matemáticas sólidas tendieron a elegir la respuesta que más se ajustaba a su ideología, con independencia de si era la correcta o no, con muchísimo más énfasis que los participantes con habilidades matemáticas débiles. En otras palabras, los participantes usaron sus habilidades solo para justificar la respuesta que querían que sea la correcta. Como sintetiza Ezra Klein: cuanto más inteligentes somos, más tontos nos hace la política. Los resultados[2], si bien pueden parecer tristes, nos recuerdan que el elitismo no solo es problemático desde un punto de vista ético, tampoco está avalado por la ciencia.

Kahan llama a su teoría "cognición protectora de la identidad" (en inglés, identity-protective cognition): es solo cuando lidiamos con cuestiones que pueden amenazar nuestra identidad que preferimos interpretar los datos de manera que refuercen nuestras preconcepciones. Creo que un gran problema de la polarización en Argentina es que cada vez más cuestiones amenazan nuestra identidad: las vacunas, las aerolíneas de bajo costo, la cuarentena, la coparticipación, las retenciones, nuestra opinión sobre la policía y el poder judicial, el impuesto a la riqueza, la apertura de las escuelas e incluso los artistas que nos gustan.


En cierto sentido, para eso existen los partidos políticos. Nos ayudan a decidir de qué lado estamos sin tener que hacer un análisis riguroso de absolutamente todos los temas de interés público. Eso es saludable. El problema es cuando la polarización es tal que no deja margen para ningún tipo de acuerdo o compromiso. Cuando la opinión del otro, simplemente por ser del otro, no es digna de ser tenida en cuenta y, a veces, es directamente considerada autoritaria. En ese momento, la política se transforma casi exclusivamente en una cuestión de identidad, nos refugiamos en nuestras burbujas y los consensos -o los compromisos- son imposibles de lograr. A veces, sin consensos no hay progreso.


En las democracias fuertes, los partidos pueden representar ideas completamente distintas, pero existe cierto margen para que concuerden en ciertos aspectos que permitan la implementación de políticas para el desarrollo del país. Si no hay acuerdos, al menos hay margen para el compromiso, el ABC de la política, el terreno en donde las utopías ceden ante lo posible y los escenarios subóptimos son siempre los únicos posibles.


Polarizarnos, refugiarnos en el círculo que piensa como nosotros, puede ser muy útil desde el punto de vista individual. Seguir a cuentas de Twitter afines, leer los medios que reflejan nuestra opinión, defender sin pensarlo mucho a los políticos que nos representan tiene todo el sentido del mundo desde la perspectiva del individuo. En algunos casos, no hacerlo sería un peligro incluso para nuestra estabilidad laboral y económica. El problema, sin embargo, es que esa polarización extrema puede ser muy perjudicial desde el punto de vista colectivo, como vimos más arriba.


Así, la forma en que reforzamos nuestras creencias nos muestra que el uso de datos no alcanza para convencer a los que están en la vereda de enfrente. Me considero como alguien que ama las políticas basadas en evidencia, pero es necesario admitir que los datos y la evidencia nunca han sido suficientes para cambiar creencias, y menos aún comportamientos. La creciente polarización hace a ese desafío aún más complicado e impone serias dificultades para el diseño y la implementación de políticas públicas.


Hasta acá, el panorama es sombrío. Si no tenemos la capacidad de analizar las cosas por su propio mérito porque tendemos a refugiarnos en nuestro grupo de pertenencia, ¿cómo podemos aspirar al progreso? Al fin y al cabo, casi todas las cosas por las que vale la pena debatir son políticas.


No obstante, hay razones para el optimismo. Los mismos análisis que nos muestran las dificultades para escapar de nuestros círculos de pertenencia nos ofrecen pistas sobre una posible salida, porque las normas sociales son flexibles si se les aplica la presión correcta. Una opción es evitar la politización cuando puede ser perjudicial, en especial cuando las autoridades tienen la capacidad para reducirla. Un claro ejemplo son las vacunas. Definir si una vacuna es segura o no es una cuestión pura y exclusivamente científica. Pero la politización de esta cuestión puede traer consecuencias terribles en términos de salud pública. Por ello, los mensajes públicos sobre las vacunas deben diseñarse con cuidado para evitar cualquier politización y, sobre todo, para evitar que la aplicación o no de una vacuna se convierta en una cuestión de identidad.


El poder de la autoridad para cambiar normas es también indiscutible. Podemos pasar múltiples horas debatiendo con nuestros pares, pero las mismas palabras pueden ser muchísimo más influyentes con aquellos con quienes tenemos una relación de poder o de respeto, como múltiples investigaciones han demostrado. El poder no tiene que ser enorme, incluso tener muchos seguidores en Twitter o ser popular entre tu grupo de amigos puede darte una gran influencia para cambiar opiniones.


La voz de la autoridad, tanto de las personas que respetamos como de las instituciones, tiene un tremendo poder para cambiar normas de manera rápida. La psicóloga social Betsy Levy Paluck, de la Universidad de Princeton, ha demostrado en un estudio sobre las opiniones respecto del matrimonio igualitario, que las decisiones de las autoridades pueden cambiar significativamente las percepciones sobre las normas sociales, incluso cuando las opiniones individuales se mantienen inalteradas. Paradójicamente, ese cambio en la percepción de las normas sociales tiene un gran impacto en los cambios de comportamiento, incluso cuando las opiniones individuales no se modifican. Por ello la enorme responsabilidad del Estado en comunicar sus políticas. Gobernar es también comunicar.


Pero incluso aquellos que no tenemos posiciones de autoridad podemos contribuir a evadir un escenario de polarización que bloquee cualquier tipo de progreso. Primero, es necesario entender que cambiar de opinión es también cambiar el círculo de pertenencia. Relacionarnos con otros es un primer paso, leer ideas de otros también. Si queremos cambiar la opinión de otros, también hay que abrirnos a que cambien la nuestra. Ampliar nuestros círculos de interacción implica eliminar la abstracción de “el otro”. Es mucho más fácil odiar al que no se conoce. Es mucho más fácil odiar ideas caricaturizadas.


Algunos también sugieren que leer ideas ajenas tiene menos riesgos para nuestra identidad que la existencia de debates orales con público. Al leer ideas ajenas, el debate ocurre en nuestro foro íntimo, sin necesidad de que nuestro sentido de pertenencia sea puesto a prueba. En ello también radica la importancia de los medios de comunicación independientes, que provean un espacio para exponer ideas con diferentes perspectivas.


Por eso, hoy estamos convencidos de la importancia de Abro Hilo. Aspiramos a que la página sea un espacio en el que, sin poner en riesgo tu identidad, puedas encontrar ideas que te desafíen. Un espacio en el que puedas leer ideas basadas en evidencia y argumentos sólidos, incluso si esas ideas no concuerdan con tu ideología o tu forma de entender el mundo. Creemos que existe mucho más espacio para el consenso que el que vemos hoy en nuestro país y, humildemente, anhelamos incentivar esos consensos a través de la difusión de ideas.


Hoy Argentina pasa por una situación económica y social crítica y la creciente polarización amenaza con bloquear cualquier tipo de acuerdo, lo que podría llevarnos a décadas de más estancamiento económico, político y social. Encontrar espacios para interactuar con aquellos con los que no coincidimos se torna más importante y urgente que nunca.


[1] Otros artículos en este espacio han abordado la polarización. Por ejemplo, Javier Cachés analizó la desbalanceada dinámica de la polarización, Matías Tarillo cuestionó su existencia y Gustavo Marangoni destacó sus fuentes históricas.


[2] Estos experimentos, en un contexto de laboratorio, fueron replicados múltiples veces con ejemplos políticos de la vida real, donde se obtuvieron los mismos resultados (por ejemplo, pueden verse las publicaciones de Brendan Nyhan).


En este artículo, utilizo algunas palabras de manera general e intercambiable para fines expositivos. Le agradezco a quienes están más familizarizados con las ciencias del comportamiento y proveyeron comentarios, en especial a James Ladi Williams.

(*) Martín De Simone (@desimonemartin) es MA en Políticas Públicas por la Universidad Princeton -donde también obtuvo una especialización en desarrollo internacional- y licenciado en Ciencia Política por la Universidad de San Andrés. VER MÁS


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