Energía sustentable, reputación internacional y nuevas tecnologías

Por Martín Fourcade* |


De acuerdo a diversas fuentes como Solocow y Glaser (2009) o la Agencia de Energía Internacional (IEA por sus siglas en inglés), no se puede pensar en combatir el cambio climático sin introducir la energía nuclear en la ecuación. Sin embargo, en Argentina cuando se habla de diversificar la matriz energética, usualmente se refiere a la introducción de más participación de energías renovables. En esta discusión suele dejarse de lado la energía nuclear. En el caso de Argentina es un sector en el que, si se invirtiera de manera estratégica y con objetivos claros, encontraríamos beneficios más allá de los energéticos y climáticos.


Si nos enfocamos en el aspecto energético, de acuerdo al reporte sobre Argentina de 2019 de la Organización de Transparencia Climática, en consonancia con la nota de “La deuda ambiental” de Abro Hilo, se observa que más del 50% de emisión de gases de efecto invernadero (GEI) pertenecen a la industria energética. Entonces ¿cómo entra la energía nuclear en este panorama? En primer lugar, la producción de electricidad a partir de la energía nuclear es altamente eficiente. Por ejemplo, una pastilla de uranio equivale a la energía que generan 810 kilos de carbón o 565 litros de petróleo. En segundo lugar, la disponibilidad de generación nucleoeléctrica ronda el 80% en promedio anual, superando la disponibilidad de otras fuentes de emisión cero como lo son la solar y la eólica (que rondan en un 20%, dependiendo del clima de cada sitio). En tercer lugar, Argentina posee un elevado know-how sobre materia nuclear con actividades ininterrumpidas desde la década del ’60 a la actualidad. Entre estas actividades contamos con tres centrales nucleares de potencia en operación que aportan un 5% a la matriz eléctrica y tres centros atómicos (Constituyentes, Ezeiza y Bariloche) donde se producen radioisótopos y se realizan investigaciones en tecnología nuclear[1].


Por otra parte, Argentina, en el contexto internacional, “es un equipo que juega en primera”[2]. Si bien, en términos futbolísticos, puede que no sea River o Boca, definitivamente es un actor respetado en la región y en el mundo. Tal es así que el organismo internacional más importante en la materia, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), es liderado por un argentino. El hecho de que Argentina pueda ocupar un lugar de tal relevancia tiene mucho que ver con su historia y desarrollo nuclear. También, desde el año 2014, Argentina ha subido 15 puntos en el ranking de apoyo global a la seguridad física nuclear. En un sentido similar, Argentina presidió entre el 2017-2019 el grupo de Respuesta y Mitigación de la Iniciativa Global Para Combatir el Terrorismo Nuclear, presidencia que se extendió hasta el 2021. Finalmente, dentro de este ámbito, cabe mencionar el despliegue de protección radiológico realizado durante el G-20 en nuestro país donde mediante la cooperación interministerial e internacional con el Organismo Internacional de Energía Atómica se capacitaron a las fuerzas federales de seguridad en el uso de tecnologías de detección de radiación.

Fuente:https://www.climate-transparency.org/wp-content/uploads/2019/11/B2G_2019_Argentina.pdf#page=7


Ahora bien, Argentina no puede escapar a la crisis del modelo de grandes reactores a la cual se vio expuesto el mundo luego del accidente de Fukushima en el año 2011. Así, las grandes centrales nucleares construidas bajo el concepto “the larger the better” encuentran varios reveses tales como políticos (a las personas “lo nuclear” suele asustarlos), logísticos y financieros que no hacen más que aumentar sus costos y retrasar su puesta en funcionamiento. Actualmente, como afirma Julián Gadano en “La energía nuclear: ¿parte del problema o de la solución?” Parece registrarse un nuevo paradigma donde la idea es la construcción de reactores de hasta 300 MW de potencia (idealmente 150) con la incorporación de nuevas tecnologías para mayor seguridad y donde su menor tamaño permitiría la producción en serie con menores costos logísticos de despliegue – los reactores SMR-. En este contexto, el proyecto argentino CAREM-25 es el prototipo de esta nueva generación de reactores que parecen ser más atractivos a los ojos de inversiones público-privadas. El hecho de que existan solo 4 SMRs en operación en el mundo, pone a la Argentina en un lugar de país en la frontera de esta tecnología con el prestigio que la respalda.


Dicho esto, resta pensar sobre algunos interrogantes que surgen a partir de lo expuesto previamente. En primer lugar debería buscarse una forma de tener una discusión madura respecto del uso de energía nucleoeléctrica ya que la misma posee beneficios como los destacados anteriormente pero, al mismo tiempo, es una energía poco popular. En segundo lugar, debemos pensar qué rol queremos que nuestro país juegue a nivel internacional respecto a los temas nucleares: ¿Queremos continuar con nuestro liderazgo regional? ¿Debemos adoptar alguna postura más sobria?. Por último, resta pensar el rol de Argentina respecto de los desafíos involucrados en el desarrollo de las nuevas tecnologías de SMRs tanto como proyecto financiero, como también a nivel de aceptación social. De este modo, Argentina debe tener una discusión madura, basada en evidencia, en un área donde se pueden percibir beneficios energéticos, de reputación y de acceso a mercados para exportar tecnología.

[1] Las aplicaciones de la tecnología nuclear en medicina y en la conservación de alimentos son áreas que exceden los límites de este artículo. [2] Tal es el caso de la venta de un reactor de investigación a Holanda, compitiendo con países como Francia y Corea del Sur. Fuente: https://www.perfil.com/noticias/ciencia/argentina-construira-un-reactor-nuclear-para-holanda.phtml

*Martín Fourcade. Licenciado en Relaciones Internacionales (UdeSA) con posgrado en Diseño y Evaluación de Políticas Públicas (Universidat Pompeu Fabra). Ex Asesor en la Subsecretaría de Energía Nuclear de la Nación. VER MÁS