Educar para el futuro: ¿Es momento de acomodar la superficie?

Por Lucio Cardinale Lagomarsino* |


Una de las áreas más afectadas por la pandemia es la educación, en particular la educación secundaria. Sin un horizonte claro acerca de cuándo volverán las clases presenciales en todos los niveles, docentes y alumnos intentan adaptarse a la nueva realidad virtual. Es cierto que se trata de un cambio forzado pero, dada su condición de inevitable, valdría la pena aprovechar para poner sobre la mesa una discusión relegada que involucra otras modificaciones del sistema educativo: ¿la educación secundaria debería ofrecer a los jóvenes un acercamiento a la vida posterior a la escuela mayor que el que hoy brinda?


¿Qué piensan los protagonistas?


Las opiniones abundan en todas las direcciones, siendo sus dos extremos más evidentes quienes creen que la educación no debe ofrecer más que contenido teórico en un aula, por un lado, y quienes creen en una educación dual que incluya días en el aula y días en el trabajo, por el otro. Lejos de ser las únicas posturas existentes, es necesario pensarlas como extremos de un espectro con innumerables escenarios intermedios.


Lo que parece no escucharse demasiado entre esas voces, es la de los estudiantes. ¿Cómo perciben la educación que reciben? ¿Creen que les resulta útil para su futuro?


De acuerdo con un estudio realizado por el CEPE-UTDT, 5 de cada 10 alumnos de los últimos tres años del secundario de la Ciudad de Buenos Aires creen que deberían aprender más sobre el mundo del trabajo. A su vez, 6 de cada 10 considera relevante terminar el secundario con alguna experiencia laboral. Sólo el 18% de los encuestados cree que su inserción al mundo laboral será fácil.


Mientras las discusiones entre los militantes de la educación puramente teórica y los de la educación dual continúan ideologizadas y sin llegar a ningún consenso, la escuela secundaria no solo no motiva a los estudiantes, sino que les genera preocupación acerca de su futuro.


Si bien la tasa de egreso del nivel secundario a nivel país ha mejorado con el correr de los años, aún presenta (en 2017, último dato disponible) un nivel perfeccionable, ya que el 49% de los alumnos que ingresan al secundario en nuestro país no egresa de dicho nivel de acuerdo con los datos del Ministerio de Educación de la Nación. Hay lugar para seguir mejorando.


Los jóvenes reclaman y necesitan cada vez más flexibilidad y creatividad para su futuro, independientemente de si deciden continuar estudiando o ingresar directamente al mercado laboral. No es posible seguir discutiendo en escritorios esperando encontrar el camino perfecto; los alumnos demandan un cambio en la forma en que se los educa.


¿Qué alternativas existen?


La idea no es imponer un modelo educativo, pero sí adaptar el existente, al menos, a las exigencias de quienes se forman en él. El extremo dual probablemente no sea la respuesta, por un lado por las rispideces que genera entre algunos estudiantes y familias y, por el otro, por la resistencia que causa entre muchos de quienes deben ofrecer los cupos.


Existen otras modalidades para generar acercamientos de los estudiantes a la vida posterior a la escuela secundaria. En Colombia, por ejemplo, como destaca el estudio “Educación para la inserción laboral: ¿qué funciona en el mundo (y de qué manera)?” del CEPE-UTDT, los alumnos de la secundaria pueden realizar articulaciones con cursos de formación profesional que ofrece el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje). Estos cursos tienen lugar 50% en el aula y 50% en un lugar de trabajo y el SENA se encarga de que dichos cupos sean garantizados. En el 2017, el 36% de la matrícula de la educación secundaria superior complementó su educación con algún programa del SENA.


La modalidad no tiene por qué ser obligatoria, ni involucrar una pasantía específicamente, pero sí es necesario ofrecer una experiencia significativa que los alumnos valoren. Una alternativa como punto de partida sería aprovechar los espacios de desarrollo institucional que poseen las currículas escolares. De hecho muchas instituciones han tomado la iniciativa de forma particular y ya lo están haciendo.


Uno caso es la escuela Martín Zapata de Mendoza y sus prácticas educativas y trayectos de articulación pre-universitarios en el último año del secundario, que le ofrecen a los alumnos un acercamiento tanto al mundo laboral como al mundo académico.


El día después de la pandemia


El paso necesario ahora sería institucionalizar estas iniciativas aisladas y particulares como una política educativa para lograr masificarlas. Así se buscaría generar trayectos formativos continuos en los últimos años de la educación secundaria, con la flexibilidad suficiente para que cada institución pueda otorgar a sus alumnos una experiencia desafiante.


Estas experiencias podrían tomar diferentes formas, desde una práctica laboral, el desarrollo de un proyecto, un emprendimiento, un curso de formación profesional, o la modalidad que cada institución considere que cumpla con el objetivo de generar a los jóvenes un acercamiento a la vida post-escuela.


Caso contrario, lo que ocurre es que se replican y multiplican las situaciones de desigualdad: aquellos jóvenes que tienen la posibilidad de acceder a una institución con más recursos tienen más probabilidades de participar de una experiencia de este estilo, mientras que aquellos con menos recursos ven reducida su probabilidad. Esto no obsta que existan casos de instituciones con pocos recursos y muchísima iniciativa, que hacen esfuerzos gigantescos por ofrecer estas oportunidades a sus alumnos, pero sí es cierto que en aquellas instituciones con más recursos la probabilidad de encontrarse con estas experiencias es mayor, también en función de sus redes de contactos.

Las arenas se movieron. El sistema educativo como un todo sufrirá cambios sin ninguna duda. Hay un espacio y una oportunidad para replantear la educación que hoy se brinda a los jóvenes. Las alternativas son dos: hacer equilibrio para mantenerse en pie en una superficie inestable o dejarse caer y acomodar la superficie para pisar con más tranquilidad de aquí en más. Los jóvenes parecen estar abajo con las herramientas en la mano, resta saber si desde las políticas públicas se pondrán los guantes.

*Lucio Cardinale Lagomarsino. Contador Público de la Universidad de San Andrés y Máster en Políticas Públicas de la Universidad Torcuato Di Tella. Trabajó en la CNCE del Ministerio de Producción y como analista senior en Elypsis. Se desempeña como analista en el Centro para la Evaluación de Políticas basadas en Evidencia (CEPE), donde ha participado de proyectos de educación, desarrollo urbano y comercio internacional, entre otros.