¿De rotas cadenas? Deuda y desigualdad en Argentina

Por Julieta Campana y Pablo Pryluka* |

The danger confronting us, therefore, is the rapid

depression of the standard of life of the European

populations to a point which will mean actual starvation

for some (a point already reached in Russia and

approximately reached in Austria).

Men will not always die quietly.

Keynes, The Economic Consequences of the Peace, 1918


Una vieja metáfora, errónea o deliberadamente atribuida a Lenin, afirmaba que en 1917 la cadena del capitalismo se había roto por su eslabón más débil. Semejante sentencia ilustraba dos cosas, a su vez entrelazadas: primero, el sistema capitalista en su fase imperial no se había resquebrajado desde su centro, esparciendo oleadas revolucionarias centrífugas, sino en una de sus periferias; segundo, esa periferia era Rusia.


El tiempo ha pasado y, más de un siglo más tarde, la tan visitada metáfora de la cadena parece haber perdido vigencia. Hoy transitamos un mundo en el que centro y periferia ya no refieren solamente a una distribución geográfica alrededor del orbe, sino que, también, se encuentran distribuidas como binomios en las grandes metrópolis del mundo. El eslabón más débil hoy está no sólo en la gélida Moscú, sino también en los suburbios de Detroit, Mumbai o Buenos Aires. Y esos eslabones doblemente débiles, periferias de un mundo globalizado y descentrado, se conectan, entre otras cosas, a través de la circulación de capitales (o su ausencia).


Hoy, 2 de agosto, Argentina intenta avanzar en un acuerdo en la negociación con sus acreedores privados externos. En el mundo de la integración financiera, el riesgo de un default se traduce en la larga penuria de quedar aislado de la distribución global de flujos de capital. Su alternativa, el arreglo, está plagada de sus propios desafíos, como atestiguan estos meses de regateo entre el ministro Guzmán y los acreedores. Es que, en definitiva, la vara en esta negociación la tienen quienes sopesan las ofertas del gobierno argentino.


Lo curioso, sin embargo, está en la naturaleza del acreedor. Y es que el gobierno argentino no sabe exactamente con quién negocia. Como en otras reestructuraciones, tanto el gobierno nacional como el de la provincia de Buenos Aires tuvieron que contratar bancos extranjeros para que realicen la tarea de inteligencia que devele el misterio: ¿quién tiene los bonos emitidos por la Argentina? ¿Y qué porcentaje del total posee cada uno? Para añadir incógnitas a la ecuación, quienes de hecho negocian, en muchos casos son apenas las caras visibles de fondos de inversión representando a sus clientes. Mamushkas jugando desordenadamente a las escondidas.


Como si esto no bastase, el sistema internacional actual parece descansar sobre un principio compartido por las grandes potencias: el de la renuncia. Renuncia a ejercer el rol de hegemon global, pero también de acudir en última instancia. Y en ese acuerdo no explicitado el retraimiento ha dejado, en contrapartida, un grado mayor de incertidumbre. Sin instituciones multilaterales con el peso de antaño, sin grandes potencias inyectando el oxígeno financiero cuando los barbijos dificultan aún más la respiración, Argentina llega a la negociación de la deuda empujada por su pasado reciente y con preguntas angustiosas sobre su futuro.


¿Pero qué futuro? El FMI pregona hoy un discurso acerca de la sostenibilidad de la deuda. Lo hace luego de que Argentina llegara a ocupar hacia finales del 2019 el 43% de la cartera crediticia total del Fondo. El endeudamiento en moneda extranjera compromete hoy el 78% del PIB. Mientras tanto, el país sumó entre el 2018 y 2019 casi 5 millones de nuevos pobres y más de un millón de nuevos indigentes. Según el último dato oficial, el 35,5% de la población argentina vive en condiciones de pobreza si tomamos una vara de 11 dólares diarios (PPA). Une de cada dos niñes es pobre. Y esta realidad se verá obviamente agravada por la pandemia.


Argentina, la de las crisis de deuda recurrentes en los últimos 40 años, es también la de la economía popular y la informalidad. Mientras se discute el futuro del trabajo y los efectos de la automatización, en las periferias de las periferias predomina la destrucción del empleo formal. En nuestro país, alrededor de un 35% de les trabajadores son informales. Escindides entre la informalidad y el desempleo, millones de personas han debido “inventar su propio trabajo”: el universo de la economía popular. Trabajadores y trabajadoras por cuenta propia que desarrollan experiencias autogestivas con medios de producción propios, en condiciones precarias y sin derechos laborales básicos: cartoneres, vendedores de vía pública, textiles, cuidadoras, entre otres. Según las primeras estimaciones, se trata de más de 4 millones de personas.


Hasta hace poco, discutir la fragilidad de ese eslabón más débil implicaba una herejía. Hoy, los organismos multilaterales recomiendan la implementación del ingreso universal y el fortalecimiento de los sistemas de protección social. Quizás la inestabilidad de la economía internacional y la pandemia removieron el polvo que cubría la vieja advertencia de Keynes citada en el epígrafe. ¿Leerán los blackrocks del mundo esta admonición?

ya sea a través del default o de un arreglo leonino. En definitiva, la decisión está en manos de unos acreedores que el país apenas puede identificar. El pulgar de este César elusivo condicionará la suerte del eslabón más débil.

En el horizonte de la negociación de la deuda se abren tres escenarios: un buen acuerdo con los acreedores, un mal acuerdo, o el default. Las consecuencias, con matices, serán duras en cualquiera de los tres escenarios. El futuro de Argentina se dirime entre una reestructuración que habilite un difícil, lento, pero posible camino hacia el crecimiento, o una salida que intensifique la crisis económica y los círculos de reproducción de la exclusión, ya sea a través del default o de un arreglo leonino. En definitiva, la decisión está en manos de unos acreedores que el país apenas puede identificar. El pulgar de este César elusivo condicionará la suerte del eslabón más débil.



Julieta Campana es Maestranda en Políticas Públicas para el Desarrollo con Inclusión Social (FLACSO) y docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Integra el Observatorio sobre Políticas Públicas y Reforma Estructural (FLACSO) y el Observatorio de Géneros y Políticas Públicas (OGyPP).   VER MÁS.



Pablo Pryluka es estudiante doctoral de Historia en Princeton. Su investigación analiza la historia del consumo, el desarrollo y la desigualdad en América Latina.   VER MÁS.