¿Cuánta grieta aguanta la Argentina de la post-pandemia?

Por Javier Cachés* |

En “Los huérfanos de la política de partidos revisited”, Juan Carlos Torre advertía que Cambiemos tenía un vínculo muy frágil con su electorado , cuya continuidad dependía del éxito de su gestión. Corría el 2017, antes de la victoria legislativa de medio término, la crisis financiera, el retorno al FMI y la posterior derrota de 2019. Su hipótesis conectaba con un diagnóstico más general: los votantes no peronistas tienden a ofrecerle a sus representantes un apoyo menos estable y más contingente que los peronistas.


El polo no peronista otorga un respaldo más agnóstico, menos mediado por la lealtad y la identificación partidaria. Acompaña cuando las cosas van bien y retira su apoyo si no hay resultados en el corto plazo. Es un voto más de preferencia que de pertenencia. Esto explica que en el 2001 el “que se vayan todos” derivara en el derrumbe de la Alianza, pero no del peronismo. “Si la gestión de Cambiemos no está a la altura de sus expectativas, su reacción natural bien puede llegar a ser colocar en el banquillo de los acusados a los dirigentes de la actual coalición en el gobierno, retirándoles el respaldo”, conjeturaba en ese texto Torre.


Juntos por el Cambio perdió en 2019 pero no colapsó. Se fue del gobierno, pero no abandonó la disputa por el poder. A diferencia de la experiencia delarruista, la coalición que nuclea al Pro, la UCR y la CC sobrevivió al fracaso de su gestión. Preserva espacios de poder ejecutivos y legislativos, cuenta con dirigentes con legitimidad popular, es una eficiente polea de transmisión de intereses sociales y dispone de una gran capacidad de protesta y movilización (en ocho meses de gobierno peronista organizó directa o indirectamente seis cacerolazos y dos banderazos, en plena pandemia). Desde esta perspectiva, asistimos a una novedad en la política argentina: el polo no peronista parece haber construido una nueva identidad política a pesar de la errática presidencia de Macri.


Pero es una identidad política negativa. La infectadura, Vicentín, la defensa de la República y la libertad de expresión, el freno al chavismo y el fin de la corrupción -entre varias consignas que impulsaron los banderazos y cacerolazos- son múltiples formas de nombrar un mismo rechazo: la aversión al peronismo. Una encuesta reciente de Ernesto Calvo muestra que el 72% de los votantes de Cambiemos afirma que “nunca sería peronista”, mientras que el 43% de los votantes de Alberto Fernández sostiene que “nunca sería conservador”. La identificación positiva en Juntos por el Cambio es del 20%; en el Frente de Todos, el 39% se identifica como peronista. El éxito de Cambiemos es haber rearticulado la identidad antiperonista.


Las plazas de Juan Carlos Blumberg de 2004, el conflicto con el campo en 2008 y la protesta del 8N de 2012 no tenían representación política. En el marco de la disputa por la Resolución 125, Elisa Carrió y el titular de la Sociedad Rural podían compartir palco con Vilma Ripoll. Eran derrotas del peronismo, pero no victorias de la oposición. En 2020, las protestas contra el Gobierno son capitalizadas por Juntos por el Cambio.


La competencia política argentina actual es bipolar -dos grandes familias políticas concentran la mayor parte de las preferencias ciudadanas- y polarizada -las formaciones están alejadas entre sí. Pero es una polarización desigual y asimétrica. La grieta no es homogénea. En mayo de 2019, con el paso al costado de Cristina y la candidatura de Alberto, el peronismo se moderó. El progresismo y pobrismo cristinista, el pragmatismo de la liga de gobernadores y el moyanismo social de Massa confluyeron bajo el paraguas del Frente de Todos. En agosto del año pasado, post derrota en las PASO, Cambiemos parece haber consumado el giro inverso. Mientras el peronismo se corría al centro, el antiperonismo se radicalizó. Incapaz de ofrecer logros concretos de gestión, el macrismo se replegó en un discurso identitario y moralizador orientado a despertar miedos y agitar fantasmas en torno al populismo. Salió Vidal de escena y entraron Bullrich y Pichetto.

Como con Trump en Estados Unidos y con Bolsonaro en Brasil, la grieta en Argentina está hoy más activada por derecha que por izquierda. Pero ¿cuánta polarización resiste la Argentina de la pandemia, la crisis de deuda y la mega recesión económica?

La experiencia reciente de Sudamérica demuestra que la virtud de los sistemas políticos está en el justo medio: mucha polarización produce inestabilidad; su ausencia absoluta, también. En Bolivia, el antagonismo exacerbado entre Evo Morales y sus opositores impidió que hubiera un mínimo acuerdo en torno a las reglas de acceso al poder (¿podía Evo competir en las elecciones?) y derivó en la destitución ilegal del presidente. En Chile, los dos grandes bloques políticos se volvieron prácticamente indistinguibles en términos de política pública e impidieron la emergencia y representación de nuevas demandas sociales. Lo que la política no ofreció en las instituciones, la sociedad chilena lo reclamó en la calle, abriendo una instancia inédita de reforma constitucional. Bolivia muestra los límites de los procesos de redistribución sin pactos entre elites; Chile muestra los límites de los pactos entre elites sin procesos de redistribución. Hoy Argentina no puede ofrecer redistribución (dada la restricción fiscal) ni pactos políticos (dada la creciente propensión al conflicto).

Las elecciones presidenciales del año pasado le permitieron a nuestro país esquivar la ola de protestas sociales que se extendió a lo largo de la región. Una solución política para los problemas económicos de los argentinos. Ahora que el frente económico se agrava, se requieren más acuerdos políticos.

Cuando terminó la movilización opositora del 9 de julio, Macri y Rodríguez Larreta enviaron mensajes contrapuestos: el expresidente celebró la protesta en plena cuarentena y reforzó la idea de que la libertad estaba en juego; el jefe de gobierno porteño lamentó los episodios de violencia contra periodistas en el Obelisco. Fue el bautismo de la interna de Cambiemos a cielo abierto. Duros contra blandos. Halcones contra palomas. El modo en que se procese esa interna resolverá, en gran medida, la principal disyuntiva política que expuso el Covid-19: si seguimos congelados en el clivaje que inauguró el conflicto con el campo en 2008 o si pasamos a una instancia de despolarización, imprescindible para atravesar la tormenta económica y social de la pos pandemia.

Javier Cachés es Magíster en Ciencia Política (UTDT) y docente de la Carrera de Ciencia Política de la UBA. VER MÁS.