Cerrar la grieta: ¿una deuda de la democracia?

*Por Matías Tarillo


Durante las campañas presidenciales de 2015 y 2019 respectivamente, tanto Mauricio Macri como Alberto Fernández propusieron enfáticamente “cerrar la grieta” para “unir a los argentinos”. Esto sugiere que existe cierto consenso en la clase política sobre el hecho de que la famosa “grieta” es una deuda pendiente que nuestra democracia necesita saldar. Sin embargo, esa interpretación puede ser relativizada.


La “grieta” puede ser analizada como un caso de polarización si se entiende a esta última como distancia ideológica, en este caso entre votantes. Esta distancia puede ser muy grande, con votantes organizados en dos “polos” extremos. Las consecuencias que eso puede tener para la democracia son muy negativas. Entre ellas es posible mencionar el surgimiento de facciones radicalizadas que pueden atentar contra la gobernabilidad y la aceptación de comportamientos anti-institucionales que permiten a los gobernantes generarse ventajas electorales o incluso eliminar de la competencia a los adversarios políticos.


Sin embargo, la polarización no necesariamente es extrema. Puede existir una distancia ideológica moderada que resulte beneficiosa para la democracia. Entre otras cosas, ésta puede fortalecer a los partidos y generar un mayor involucramiento de los ciudadanos en la vida política del país a través de la diferenciación programática. Por eso, incluso aquellos autores preocupados por los efectos negativos de la polarización afirman que ésta – en un nivel tolerable - es fundamental para que el sistema democrático funcione correctamente. De hecho, su ausencia podría generar la aparición de “outsiders” antisistema tan peligrosos para la democracia como la polarización extrema.


Si esto es cierto, la necesidad de “cerrar la grieta” puede ser relativizada por dos razones. En primer lugar, porque el drama que los líderes políticos argentinos atribuyen a la “grieta” no parece ser su mera existencia, sino su tamaño: en todo caso, habría que “achicarla” (y no “cerrarla”). En segundo término, porque aún en ese caso no es posible saber a ciencia cierta qué nivel de polarización es saludable ni a partir de cuál es necesario preocuparse por la alta distancia ideológica entre votantes. Teniendo esto en cuenta, es importante preguntarse si no haber logrado “cerrar la grieta” debería ser considerado una deuda para nuestra democracia o si, en realidad, no hace falta. Puesto que responder esa pregunta es una tarea extremadamente ambiciosa, intentaré simplemente esbozar algunas intuiciones a partir de la posición relativa de Argentina respecto de otros países de la región y de la tendencia de la distancia ideológica en el país.


Las dos encuestas de opinión pública más utilizadas en Latinoamérica, LAPOP y Latinobarómetro, incluyen una pregunta en la que los sujetos deben posicionarse ideológicamente en una escala de 1 (izquierda) a 10 (derecha). La polarización puede medirse como el desvío estándar de esa variable, que no es otra cosa que la distancia promedio entre cualquier individuo de la muestra y la ideología media de ese país. Cuanto mayor sea, puede suponerse que los individuos estarán más polarizados. Utilizando ese indicador, Argentina aparece entre los tres países con menor polarización de la región en las últimas ediciones de ambas, realizadas entre 2018 y 2019. En LAPOP, de hecho, es el que tiene el desvío más bajo, mientras que en Latinobarómetro solo está por encima de Chile y Ecuador. En perspectiva latinoamericana, entonces, la “grieta” no parece preocupante.


No obstante, no solo es necesario mirar la fotografía del panorama actual, sino también la película con la serie temporal. La situación, en ese caso, se vuelve más problemática: la polarización argentina está en sus niveles más altos de este siglo (Latinobarómetro tiene datos desde 1995; LAPOP, desde 2008). Además, la tendencia es inequívocamente creciente desde 2011. Si bien el comportamiento de esos datos no desentona con el de las series temporales de los demás países latinoamericanos en líneas generales, quizás pueda interpretarse como una señal de alarma. Por supuesto, Argentina tiene la ventaja de poder atacar el problema tempranamente porque – como vimos anteriormente – parte de niveles inferiores a los del resto.


En función de estos datos, Argentina parece estar actualmente menos polarizada que los demás países de la región. En este sentido, podría intuirse que está en condiciones de aprovechar las ventajas de una distancia ideológica moderada sin sufrir los costos que conlleva su versión extrema. No obstante, en mi opinión, el crecimiento de la polarización en los últimos años debería ponernos en alerta. No es imposible que una distancia ideológica profunda genere daños a la democracia: en Latinoamérica, Venezuela, Bolivia y Brasil son casos testigo de eso en distintos grados. En ese contexto, es posible que cerrar la grieta no sea una deuda pendiente hasta ahora. Quizás ni siquiera haga falta achicarla. Lo que sí parece necesario es detener su expansión para evitar un problema futuro. En palabras de Sartori, deberíamos intentar evitar la “competencia centrífuga”.


¿Hay algún modo de hacerlo? Es difícil saberlo. Probablemente los partidos políticos puedan ponerse de acuerdo para fortalecer, al menos discursivamente, las bases que hasta ahora nos han permitido mantenernos en niveles razonables de disidencia. Una de ellas es la noción de que la democracia – entendida en un sentido fuerte, con respeto a los derechos humanos incluido - es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Esta idea es compartida hasta ahora por todas las fuerzas políticas relevantes y es fundamental porque tiene implícita la existencia libre del adversario como condición necesaria para el buen funcionamiento del sistema político. En este sentido, el reconocimiento del otro como un rival leal, el respeto a las reglas del juego y el buen diálogo entre ambos “polos” son un buen comienzo. Seguramente haya que sumar a eso, cuanto menos, una postura institucional más fuerte de los partidos a la hora de aislar los discursos extremos que - lejos de ir en esa línea - contribuyen al odio y la división y niegan a la contraparte el carácter de adversario democrático.


Nota metodológica: la polarización no necesariamente debe medirse en el eje ideológico izquierda-derecha (los votantes a veces se polarizan sobre otros temas) ni utilizando el desvío estándar de esa variable. Las conclusiones de este artículo pueden variar si se modifica tanto el tema utilizado como la forma en la que se mide la polarización


Matías Tarillo (@mtarillo) es Licenciado en Ciencia Política (UdeSA) y Mg. en Economía Aplicada (UTDT). Se especializa en instituciones políticas y metodología. VER MÁS