Apuntes para pensar la circulación de discursos de odio en redes sociales


Por Facundo Suenzo*


Las redes sociales se presentan como uno de los principales, sino el principal, escenario de comunicación en la actualidad. Sin embargo, los estudios empíricos sobre la incidencia de las redes sociales en la vida de las personas todavía son incipientes. Matassi y Boczkowski (2020) publicaron recientemente un artículo muy necesario sobre el estado de las investigaciones sobre redes sociales en Iberoamérica. Lxs autorxs argumentan que en la gran mayoría de los trabajos revisados sobre el tema hay una tendencia a esperar por parte de las redes un potencial transformador que no necesariamente se comprueba. A raíz de ello, lo que proponen es optar por una mirada pragmática sobre las redes sociales y analizar las particularidades de las instituciones y procesos sociales que circunscriben los fenómenos sociales y los actores que intervienen.


Mi argumento aquí es que, para pensar el odio en las redes sociales, es necesario revisar y comprender la circulación de estos discursos en otros escenarios, comprenderlos y situarlos en sus contextos socioculturales de producción y recepción. Para ello propongo reponer e hilvanar tres ideas que nos permitan pensarlo desde diferentes esferas del conocimiento social: la antropología, los estudios de comunicación y la crítica cultural.


La primera idea es la de pensar a la circulación de discursos de odio como espacios de disputa de sentidos históricamente constituidos en nuestras sociedades. La antropóloga india Veena Das (1998), reconocida en el terreno de la antropología de la violencia, el sufrimiento y el Estado, analizó lo que denomina la “producción social del odio”. Su investigación explora lo que ocurrió en India durante 1980, cuando el movimiento militante en el Punjab y las operaciones conexas de contrainsurgencia del Estado generaron una formidable animosidad entre los Hindúes y los Sijs. Para la antropóloga, a través del movimiento de imágenes entre los discursos emergentes de la militancia y la comprensión difusa de los hechos entre los rumores que circularon durante diferentes momentos de crisis, se “crearon las condiciones en las que los grupos sociales se enfrentaron entre sí en el miedo y el odio mutuo, construyendo imágenes de sí mismo y del otro de las que se ha evacuado la subjetividad de la experiencia” (p. 109). La producción social del odio, argumenta Das, puede dar lugar a discursos y prácticas de genocidio cuando “mi miedo al otro se transforma en la noción de que el otro es temible” (Das, 1998: 125). En un contexto en donde la circulación discursiva estaba lejos de ser dominada por la velocidad o la crispación instantánea de las redes sociales, el análisis de Das da cuenta de cómo los discursos de odio tienen que pensarse con relación a las narrativas que los constituyen: fracturas sociales inacabadas, heredadas del pasado, y que se resignifican en el presente.


La segunda idea tiene que ver con pensar al odio mediatizado, y las emociones que condensa, como una estrategia política racional. Karin Wahl-Jorgensen, especialista en estudios de periodismo, política y medios, argumenta en su libro Emotions, Media and Politics (2018) sobre la necesidad de considerar a las emociones más allá de constructos psicológicos individuales y, en cambio, pensarlas como edificadas discursivamente a través de los medios. "Las emociones circulan en el discurso público de manera estructurada, con profundas ramificaciones sociales e ideológicas (…) la forma en que hablamos de las emociones en los asuntos públicos es enormemente precisa porque el discurso es performativo" (p. 9, énfasis en el original). Dentro de su estudio de diferentes emociones, la autora focaliza en la ira de Donald Trump y nos advierte sobre los peligros de considerarla como algo irracional o antidemocrático. Por el contrario, propone pensarla en sus capacidades estratégicas para hacer y gestionar la política. Para la profesora de la Universidad de Cardiff, la ira se facilita a través de un sistema de medios híbrido en donde redes sociales y medios tradicionales trabajan recursivamente para amplificar la valencia emocional de las noticias y la información (si desean indagar particularmente sobre ello, sugiero el artículo de Wagner y Boczkwoski (2019) sobre la recepción de noticias durante los primeros meses del gobierno de Trump). Las redes sociales, para Wahl-Jorgensen, despliegan sus propias “arquitecturas emocionales” que administran los límites de la argumentación y la discusión pública.



Finalmente, la tercera idea que propongo aquí es la de resaltar la dimensión escrita del odio. En las “Las vueltas del odio” (2020), Gabriel Giorgi y Ana Kiffer analizan tres instalaciones artísticas: Diarios del odio de Roberto Jacoby y Syd Kroachmalny, Odiolândia de Giselle Beiguelman y Menos um, de Verónica Stigger. A partir de estas obras, que exhiben diferentes escrituras performáticas que recuperan fragmentos de textos en redes sociales, comentarios en diarios, gestos y emojis, Giorgi y Kiffer argumentan que el odio contemporáneo es un odio a la vez afectivo y político, pero, sobre todo, escrito. En palabras de Giorgi, son “escrituras de transgresión de pactos centrales a la democracia: reivindicarán la dictadura, el genocidio, el machismo, el racismo. Dirán todo lo indecible, lo ‘políticamente incorrecto’: se ufanarán en el goce de ese ‘todo interdicto’” (p. 25). Implosionan los límites de lo decible. Para el crítico cultural, la capacidad de inscribirse del odio es crucial para entender los posibles efectos enunciativos de estos textos en la vida social. Las transformaciones de las tecnologías de la escritura en internet permiten un volumen muy alto de circulación de estos textos, al mismo tiempo y en muchos casos anónimos, pero que se muestran con regularidad, saturan las pantallas y se normalizan. “Siempre se odió, y ese odio siempre fue hablado – pero ahora se escribe y se forwardea, se circula y se multiplica” (p. 50).




El odio como catalizador de fracturas sociales no resueltas; el odio como condensador de emociones estructuradas a través de complejos sistemas de medios; el odio omnipresente, que aflora en los umbrales de las múltiples formas de expresividad. Pensar en la circulación del odio en plataformas sociales nos devuelve a otra vieja discusión: la de la convivencia con la otredad. Si, como dice Giorgi, todxs odiamos ¿cómo se relacionan estas formas de odio con aquellas que eventualmente contienen potencia emancipatoria? ¿Qué condiciones hacen posible la convivencia de múltiples formas de odios que gravitan en la vida cotidiana? En la arena de las redes sociales, el odio también es un espacio de disputa sobre lo público, sobre lxs otrxs y sobre nosotrxs.


* Facundo Suenzo es estudiante de doctorado en Medios, Tecnología y Sociedad en la Universidad de Northwestern. Le interesan los procesos sociales y culturales que circunscriben el consumo de medios y el uso de tecnologías. VER MÁS.